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Memoria, duelo y amor

Por Alin Ramírez

Todo empezó con un mensaje: holaa ¿te puedo marcar? 
Me preocupé y pregunté si todo estaba bien.

“es algo delicado” leí y algo en mi cuerpo se tensó.

Pero en eso entró la llamada.

Uno de mis mejores amigues,compañero de lucha social había muerto, un trailero lo mató, fue víctima de la violencia vial.

¿Alguna vez te ha pasado una situación similar?

Ese instante en el que contestas esperando cualquier cosa un problema, una urgencia, un malentendido, lo que sea, menos la muerte de un ser que resuena contigo, de alguna amistad, de alguna hermana que se haya vuelto parte de tu familia elegida, de algún compa de lucha con el que compartes causas, pero también motivos para no perder la esperanza de un mundo mejor.

Si te ha pasado, cuéntame, ¿tú qué hiciste? 

¿Cómo se vive un duelo cuando te atraviesa la rabia?

En mi caso, pasaron unos segundos y lloré, no lo entendía, sostenía el teléfono, mientras intentaba buscar una explicación para convencerme que no era cierto. 

Agradecí por avisarme y colgué. No supe qué más responder.

Leí el mensaje una vez más, busqué la noticia, como si pudiera cambiar algo. Como si la nota no fuera cierta, Y de verdad deseaba encontrar otra cosa, pero no. Ahí estaba.

No sabía si gritar, correr, llamar, mentarle la migra al trailero o todo junto.

Abrí mi celular. Busque su chat.

Ahí seguía.(ojalá aquí también siguieras).

Pero bueno, parecía al menos en su chat que nada había pasado. Como si todavía pudiera contestar. Como si la última vez no hubiera sido la última vez. Lees los dms, escuchas los audios, miras las fotos. Te detienes en detalles que antes parecían mínimos: una risa, una palabra mal escrita, una salida hasta un libro pendiente que devolvernos.

Y de pronto entiendes que ya no habrá más.

Ves las historias que comparten en su memoria y lo confirmas.

Y en medio de esa confusión, decidí escribirle a alguien más. Mandé varios mensajes a amistades que teníamos en común para avisar, para hablar con mi red de apoyo, aunque sea a través de la misma pantalla que me dio la noticia, porque el duelo también se vive en lo digital.

Entonces los grupos y nuestras redes se activan. Las conversaciones comienzan a llenarse de preguntas pero también de silencios. Empiezan a circular recuerdos, fotos, anécdotas. 

(Ojalá en otro mundo alterno te llegué bien el wifi para que los veas)

Publicamos como si pudiera verlo porque en un entorno donde todo circula y se pierde rápidamente, publicar también es una forma de resistir al olvido. De fijar un recuerdo y decir esto pasó, esto fue importante, esta persona vivió en mí y en nosotres.

Así nos organizamos, desde ahí, lo que sigue aunque no sabíamos exactamente qué. Y no es algo menor. Es la forma en la que sostuvimos tu partida.

Nuestros teléfonos se han convertido en archivos vivos de las personas que amamos. Guardan conversaciones, imágenes, notas de voz, ubicaciones compartidas, historias que no se borran del todo. Fragmentos de vida que quedan suspendidos, intactos, aunque la persona ya no esté.

Es una forma de presencia extraña, porque no están, pero están.

¿qué hacemos con todo eso que permanece? 

En lo digital, la memoria no desaparece sola, también deja una huella.

Por un lado, existe el derecho a que ciertos datos, imágenes o rastros dejen de circular. A que lo íntimo no quede expuesto para siempre. A que la dignidad también se proteja después de la muerte. A que el dolor no se convierta en archivo público sin consentimiento.

Pero por otro lado, está la memoria. Y, entonces emerge una tensión que no siempre reconocemos: el derecho al olvido frente a la necesidad de recordar, de no dejar morir la memoria histórica que tejemos desde los afectos, para reconstruir quién fue esa persona, de no dejar morir su existencia, de guardar sus palabras, sus gestos, sus risas, sus poemas, por que sí es su historia personal, pero también es colectiva.Historia de afectos, de luchas compartidas, de vínculos que nos formaron, de conexiones que nos hizo encontrarnos para conspirar.

Y en ese punto, el duelo digital se vuelve también un acto de memoria. Y eso importa. Importa porque nos permite recordar. Porque narrar nuestras historias es importante, para reír incluso en medio del dolor, para no dejar que todo se reduzca a la cruel noticia de una muerte. 

En esta vida onlife, donde lo digital y lo físico se entrelazan, el duelo ya no ocurre solo en el cuerpo o en los espacios compartidos. También ocurre en las pantallas. En los archivos. En nuestras huellas e identidades digitales que dejamos o que creamos.

El duelo en lo digital, es real, no tiene manual. Y también se construye en colectivo.

En los mensajes que nos mandamos a medianoche. En las llamadas que hacemos, en las historias que compartimos. En los planes que organizamos para vernos, abrazarnos, en recordar lo que esa persona significó. En las formas en las que intentamos que su ausencia no sea un vacío profundo y que podamos transitar hacia duelos más amorosos.

No podemos evitar la pérdida.

Pero sí podemos decidir cómo sostenemos lo que queda.

Tal vez ahí está la clave, en no dejar morir lo que se construyó. En saber que el amor cuando es incendiario, se comparte, se transforma. Que sigue existiendo en otras formas, en otros espacios, en otras memorias.

Porque aunque haya personas que ya no están a nuestro lado, siguen habitando cada rincón donde las quisimos, donde gritamos las injusticias, donde luchamos por lo que siempre ha sido nuestro, donde compartimos saberes y sueños.

Esas personas se quedan en nuestra memoria y en el amor que aún nos nombra.

 En memoria de Juan Carlos Bocanegra. 

Hasta que la dignidad se haga costumbre.