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El vestido de manta

Por: Ana Larissa Paisano Amaya

A mi madre le gustaba comprar ropa, sobre todo vestidos y faldas. Las prendas que más apreciaba las guardaba en un enorme recipiente de plástico negro, como si quisiera protegerlas del tiempo. Un día, mientras ordenaba sus cosas, me llamó para ofrecerme algunas prendas que había elegido para mí. Entre ellas había un vestido floreado de manta, de manga larga, tal como me gustan. No imaginaba que aquel regalo terminaría convirtiéndose en una de las formas más profundas de volver a ella.

Recuerdo que, apenas me lo dio, lo guardé con cuidado, como si desde entonces hubiera intuido que algunas cosas están destinadas a convertirse en memoria.

Después de su muerte, ese vestido —como otras de sus prendas— adquirió un valor imposible de explicar. Ya no era solo tela, colores o costuras; era su aroma, su presencia, la ternura de sus manos al elegirlo para mí. Era una forma de seguir abrazándola.

Hoy, después de tanto tiempo, volví a sacarlo del clóset. Me senté en silencio y me di permiso de sentir. Lo acerqué a mi rostro buscando, quizá, un poco de refugio, de consuelo. Y sí, lloré. Hay dolores que se intensifican. 

Siempre he sido de las personas que usan lo que compran sin esperar una ocasión especial. Nunca he creído que la ropa deba quedarse guardada en un clóset. Sin embargo, ese vestido fue la excepción. Lo he conservado intacto, sin usarlo, quizá porque todavía no estoy lista para enfrentar todo lo que despierta en mí. Comprendí que también me había olvidado de mí: de detenerme, de darme tiempo para sentir lo que sea que surja en mi cuerpo, de volver a conectar con las cosas que amo y con aquellos objetos que resguardan fragmentos de quienes ya no están.

Mientras sostenía aquel vestido entendí que nunca había estado guardando una prenda. 

Había estado resguardando una historia, la de mi mamá. 

A veces cuidamos con tanta delicadeza un vestido, una carta o cualquier objeto que perteneció a alguien que amamos porque, en realidad, no estamos protegiendo una cosa. En el fondo sabemos que ahí habitan los recuerdos, los afectos, las conversaciones que ya no volverán y las personas que siguen acompañándonos desde la memoria.

Entendí que algunos objetos no se conservan por su valor, sino porque son capaces de seguir abrazándonos cuando la persona que los eligió ya no está. 

Contienen un amor profundo, una historia y ausencia. 

Volví a doblarlo con el mismo cuidado con el que mi mamá me lo entregó. Por un instante recordé aquel enorme recipiente de plástico negro donde guardaba las cosas que más quería. Entonces entendí que, aunque el vestido era una de esas prendas valiosas, nunca estuvo destinado a volver a ese lugar.

Durante todo este tiempo comprendí que el vestido nunca estuvo guardado en el clóset. Había permanecido resguardado en mi memoria, el único lugar donde mi mamá sigue intacta.

¿Les ha pasado algo parecido? ¿Han guardado alguna prenda, una carta o un objeto con tanto cuidado porque sienten que ahí todavía habita una parte de alguien a quien amaron profundamente?