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Carta de amor a mis amigas 

Por Cinthia González Salinas

Últimamente he pensado mucho acerca de la amistad, me vienen a la cabeza las relaciones que haces en primaria o con tu vecina de al lado; crecer juntas, aprender y compartir etapas que nutren la relación a lo largo de la vida. Creo que hay algo muy valioso en esas amistades que nacen sin esfuerzo, tal vez por la cercanía o la disponibilidad de tiempo; pero también en las conexiones que haces cuando eres adulta, porque cambian las formas encontrarnos y sostenernos. 

Ser adulta implica tener múltiples responsabilidades: trabajo, familia, decisiones económicas, cuidados, duelos, cambios de rumbo, etc. Es una etapa donde nos dividimos en el tiempo y distribuimos nuestra energía en mil direcciones. A diferencia de coincidir como cuando íbamos a la escuela, ahora requiere una profundidad distinta.

Las amigas adultas no necesariamente están presentes todos los días, pero están de otras formas. Son conexiones que se eligen, que sobreviven a la distancia, a los cambios de rutina, etapas de distanciamiento; y que cuando se retoman, no empiezan de cero: continúan. Como si existiera una memoria en conjunto que cuida lo que hemos vivido juntas y lo mantiene disponible para viajar a ella cuando lo necesitemos, incluso cuando tomamos caminos distintos.

La amistad adulta no necesariamente depende de la constancia perfecta, si no de simplemente estar. No se trata de hablar diario o de verse todos los días, aunque planear esos encuentros es muy especial, pero pueden ser encuentros más cortos como cuando una amiga que te acompaña a una cita importante incluso por teléfono o cuando te recomiendan un libro pensando en tus gustos. 

Con mis amigas procuro hacer espacios en mi agenda o escribirnos seguido, hablar al respecto y generar acuerdos es el primer paso para seguir creciendo las relaciones, porque implica intención, organización incluso negociación con tus propios tiempos; pues la amistad cuando eres adulta se construye desde el mayor conocimiento de una misma. Cuando crecemos vamos conociendo qué necesitamos, desde dónde, qué estamos dispuestas a tolerar y que no. Eso también transforma la manera en que nos vinculamos, porque también es sano que sea un espacio para confrontaciones.

Elegimos amigas que no solo nos acompañan, sino que nos respetan, comparten con nosotras, nos retan, nos sostienen. La amistad no es solo una espacio “color rosa”, es construcción y evolución. 

Cuántas veces no hemos escuchado esta frase de “el peor enemigo de una mujer, es otra mujer”, nos han enseñado que debe haber competencia entre nosotras, que el espacio es pequeño y no cabemos todas, pero -sin romantizar- hablemos de la complejidad de las relaciones y rompamos con esta lógica. En un mundo que muchas veces nos mide por productividad o éxito, la amistad ofrece un espacio donde podemos existir sin tener que demostrar nada; el cuidado y la empatía son formas de resistir estas narrativas. Pensado también que las comparaciones terminan sobrando, esas relaciones nos dan oportunidad de quitarnos el filtro de que “tenemos todo bajo control” para vernos vulnerables con quien decidamos. 

En la adultez muchas veces atravesamos momentos de soledad, pero es reconfortante que con amigas sabemos que no estamos solas; pues ellas no solo son testigas de nuestra vida sino también participan en ella, hacen que la experiencia sea compartida y eso cambia la perspectiva de las cosas, como cuando desde un momento de crisis nos reímos como si fuera un meme. 

Reivindicar la amistad es cuestionar la jerarquía que coloca al amor romántico por encima de todas las relaciones. No porque ese amor no sea valioso, sino porque no es el único. La amistad construye la vida; implica tiempo, energía, afecto, etc. Siento entonces que es necesario nombrarlo de esta manera, la amistad no es algo secundario es un pilar de nuestra vida. Al final, la vida no solo se trata de lo que nos pasa, si no de con quién la compartimos y yo tengo muchas amigas detrás de mi, amigas que frecuento y que no, amigas que son familia, amigas de diferentes edades y que nos dedicamos a diferentes trabajos; pero ellas son y siguen siendo las raíces que me acompañan a donde quiera que vaya. Gracias amigas por quererme, cuidarme y acompañarnos en ese caótico mundo.