Por Paloma Vázquez
En el 2025, como parte de la línea de atención, he pensado mucho en la relación que tenemos con internet, las tecnologías y los dispositivos es tan diversa, y cómo está mediada por distintos factores de nuestras estructuras sociales. Todo esto complejiza la manera en que queremos compartir un mensaje, en este caso, la prevención de la violencia digital.
Para mí, los talleres son un espacio muy valioso. En un mundo tan frenético, tomar una pausa, propiciar la reflexión, acudir a la memoria y contar con un tiempo y espacio definido para conversar con un grupo de personas me parece un privilegio y una responsabilidad, entendida desde su etimología como la capacidad de responder.
Cada vez que se abre ese portal de oportunidad que son los talleres, me resulta muy estimulante pensar en todos los factores que intervienen para encontrar la mejor forma de comunicar lo que quiero compartir. ¿Qué edad tienen las personas? ¿Son hombres, mujeres, parte de la comunidad LGBTQ+? ¿Viven en contextos urbanos o rurales? ¿Tienen acceso a dispositivos? ¿Cómo es el lugar en donde se va a facilitar la sesión? Estas y muchas otras preguntas me ayudan a imaginar una ruta que, más que operativa, es discursiva. ¿Qué narrativa voy a presentar a las personas con las que me encuentro? ¿Desde mis palabras hasta mi cuerpo?
Además, la experiencia siempre transforma la ruta planeada, porque al final me encuentro con personas, y eso para mí es sinónimo de diversidad y posibilidades.
Aunque implica una gran responsabilidad, también ha sido para mí un espacio de disfrute y gozo, de risas y creatividad. Y creo que, desde esos lugares, los mensajes se comunican y se reciben de una mejor manera.
El 2025 como facilitadora de talleres me reafirma y empodera al ser consciente de la trascendencia que tiene diseñar procesos formativos sensibles a la diversidad, conscientes de los contextos y orientados a generar diálogos significativos que fortalezcan la prevención de la violencia digital.
¡Viva Culti y mis compañeras!
