Por: Ana Larissa Paisano Amaya
En ocasiones traigo conmigo la imagen de una madre pájaro que deja a sus polluelos solos para buscar alimento, confiando en que, al regresar, estarán a salvo. Me identifico con esos polluelos que, en el vuelo de su madre, quedan solos e indefensos y son tomados por sorpresa por alguien, despojándolos por completo de sus sitios de anidamiento, de su hogar preparado con cuidado y abrigo. Mi amiga Solki Wood, bióloga e investigadora miskitu, a quien quiero y admiro profundamente como persona y como profesional, me explicó cuáles son las aves más cotizadas por el comercio y me habló del mascotismo, término utilizado para referirse a la práctica de mantener aves enjauladas, como si la jaula fuera la salvación. “Se les olvida la importancia de los vuelos libres”, me dijo Solki. Y pensé que esa frase también hablaba simbólicamente de nosotras.
A las aves enjauladas se les priva de decidir si permanecer o emprender el vuelo. Se les impide extender las alas y explorar otros mundos más allá del hierro oxidado. A las mujeres se nos enseña a permanecer dentro de los parámetros de control y se nos castiga cuando intentamos movernos.
Mientras escuchaba sus audios, pensé que el mascotismo también podía nombrar una de las múltiples violencias que vivimos muchas mujeres. Entiendo la mascotización como un mecanismo de control que opera sobre los cuerpos de las mujeres. Mascotizar implica restringir la autonomía, controlar los movimientos, decidir por otras, delimitar lo posible y presentar el encierro físico como proceso mediante el cual el control llega a experimentarse como cuidado y la obediencia como condición para ser amadas o protegidas. Es hacernos creer que vivir dentro de una jaula es aquello que nuestros cuerpos necesitan para estar seguros.
Esta reflexión sobre la mascotización, dialoga con la autonomía feminista, noción propuesta por Marcela Lagarde (2023), quien entiende la autonomía como un proceso histórico atravesado por relaciones de poder y por las condiciones sociales y culturales que viven las mujeres. La mascotización también opera desde el plano simbólico, pues configura nuestras ideas sobre la obediencia, la libertad, el cuidado y la protección. No se trata de una libertad abstracta, sino de la posibilidad concreta de decidir sobre la propia vida.
Tomar a los polluelos sin preguntarse si serían felices con ese cambio, sin reflexionar sobre el profundo daño que implica despojarlos de su nido y sin tomar conciencia del dolor de la madre al regresar y no encontrarles es un acto de crueldad y tortura. En ocasiones siento que soy ese pájaro mascotizado que no sabe volar. No porque la naturaleza me lo impida, sino porque hubo una pérdida de instinto; nadie me enseñó a hacerlo, porque no tuve una mano que me guiara. Miro con desconcierto las alas enormes que llevo sobre la espalda; alas que a veces pesan, incomodan y me invitan a arrancar pluma por pluma. ¿Para qué me fueron dadas? ¿De qué sirven si no puedo volar con ellas?
¿Alguna vez has experimentado el peso de tus plumas? ¿Recuerdas cómo volar? Comparto estas preguntas con la intención de acompañarnos, incluso desde la virtualidad.
Las jaulas que nos aprisionan no siempre son visibles ni físicas. Son normas culturales, roles impuestos, violencias simbólicas y materiales que se entrelazan y refuerzan los sistemas de patriarcado, racismo y clasismo. Nos dictan quiénes debemos ser, cómo sentir, qué decisiones tomar y cuáles evitar. Desde niñas nos enseñan a amoldarnos, a no cuestionar, porque cuestionar es peligroso. Sin embargo, el cuestionamiento es el primer aleteo hacia la libertad: preguntarse por qué existen esas reglas, a quién benefician y cómo afectan nuestro derecho a ser y existir plenamente. Un pájaro enjaulado toda su vida no sabe qué es volar. ¿Cómo cuestionar un vuelo que nunca ha experimentado? ¿Cómo atreverse cuando no hay espacio para hacerlo? ¿Alguna vez te has sentido enjaulada?
Cuestionar es un acto político y colectivo. Desde los feminismos, esta capacidad de cuestionar también ha sido pensada como una práctica de libertad. bell hooks (1994), en Theory as Liberatory Practice, capítulo incluido en Teaching to Transgress, sostiene que cuestionarse es parte esencial de la liberación: un acto que trasciende lo individual y construye comunidades que resisten y se sostienen en amor y solidaridad. También nos invita a plantear las preguntas más embarazosamente generales y fundamentales. Cuestionarse es rebelarse contra la norma patriarcal que, con tanto afán trata de institucionalizar, domesticar nuestras formas e intensidades de sentir. Así como el patriarcado ha tratado de borrar nuestras historias, negar nuestras luchas y mascotizarnos; es decir, convertirnos en cuerpos dóciles, cuyo valor parece depender de obedecer antes que cuestionar y decidir.
¿Cuántas mujeres permanecen enjauladas dentro de sus propias casas? ¿Cuántas están atrapadas sin poder cuestionar? No por falta de capacidad, sino porque no cuentan con redes seguras que acompañen ese proceso. ¿A qué sabe la libertad cuando no te permiten volar? ¿Cuando te encerraron en una jaula y te hicieron creer que ese era tu hogar, tu destino? Eso no es libertad. Quizá nos arrancaron del nido demasiado pronto, pero no pudieron borrar la memoria encarnada que nos conecta con la tierra, con los ciclos de la naturaleza, con nuestros cuerpos y con nuestra espiritualidad. Esa memoria revive el calor del nido, el amor de la madre pájaro, el sol acariciando nuestro plumaje, la brisa rozando el rostro y la lluvia tocando la piel. Eso no se olvida.
A veces me siento principiante en la vida, como si no supiera nada y dudara de todo lo que hago y pienso. Sin embargo, nunca he dudado de lo que siento. Los saberes de las mujeres indígenas miskitu nos enseñan que sanar y liberar el dolor provocado por la violencia también es una forma de hacer justicia.
Una justicia que nace desde la comunidad, la tierra y la naturaleza; que apuesta por crear rituales de cuidado, restituir vínculos rotos y proteger la vida. Acompañar a abrir jaulas y construir libertad desde los saberes es la tarea urgente. La libertad verdadera reconoce la pluralidad de nuestras historias, identidades y resistencias. También reconoce los saberes ancestrales que nos ofrecen otras formas de hacer y practicar las justicias.
¿Cuántas somos esas aves enjauladas que anhelan descubrir otros cielos? ¿Cuántas jaulas podemos abrir? ¿Cuántos procesos de liberación podemos escuchar, cuidar y acompañar, respetando la forma en que cada mujer entiende y vive la libertad desde sus propias experiencias?
Me gusta pensar que la libertad no consiste en aprender a volar desde cero, sino en recordar que las alas siempre estuvieron ahí. Abrir la jaula no crea el vuelo. Devuelve al cuerpo la memoria de sus alas, la confianza en sus propios saberes y la posibilidad de elegir hacia dónde quiere dirigirse.
¿Y si la libertad nunca estuvo fuera de nosotras sino esperando el momento de recuperar la memoria sobre nuestros vuelos?
