Por Paloma Vázquez
A veces pensamos en internet como si fuera un lugar aparte, una especie de mundo paralelo que funciona con sus propias reglas. Pero la realidad es que forma parte de nuestra vida cotidiana mucho más de lo que imaginamos. En los espacios digitales conversamos, aprendemos, trabajamos, nos organizamos, construimos relaciones de afecto, cuidamos de otras personas y, en ocasiones, también nos peleamos. Por eso, cuando hablamos de activismo digital, no hablamos únicamente de tecnología: hablamos de personas, de experiencias concretas y de las distintas maneras en que habitamos el entorno digital.
Desde la antropología, internet puede entenderse como un espacio más de la vida social.
Esta disciplina nos invita a mirar más allá de las herramientas
tecnológicas para preguntarnos cómo las personas construyen significados,
establecen relaciones y viven sus experiencias en contextos específicos.
Como señala Clifford Geertz (2003), el trabajo antropológico consiste en
comprender las acciones humanas a partir de los significados que las
personas les atribuyen dentro de su propio contexto cultural. Esta perspectiva resulta especialmente útil para pensar internet, nos recuerda
que las experiencias digitales no pueden entenderse únicamente desde la
tecnología, sino desde las personas que la usan, las relaciones que
construyen y las condiciones sociales que atraviesan su vida cotidiana.
Esta forma de mirar también permite cuestionar la idea de que lo digital y lo “real” son mundos separados. Lo que ocurre en internet está profundamente conectado con la vida fuera de la pantalla. En los espacios digitales se reproducen relaciones de poder, desigualdades y diversas formas de violencia, pero también se construyen redes de apoyo, afectos, procesos de organización colectiva y estrategias de resistencia. Detrás de cada perfil existe una persona con un contexto y una experiencia particular que influyen en la manera en que habita internet.
Esta mirada resulta especialmente valiosa cuando trabajamos en la
prevención de la violencia digital con infancias y adolescencias. Hoy, miles de niñas, niños y adolescentes crecen en un contexto donde internet
atraviesa buena parte de su vida cotidiana: la escuela, el entretenimiento, las
amistades e incluso los procesos de construcción de identidad propios de
esta etapa.
Lo que ocurre en línea no permanece únicamente en la pantalla, tiene efectos reales en su bienestar, en la manera en que se relacionan con otras personas.
Acompañando procesos de prevención de la violencia digital, la antropología me ha enseñado la importancia de mirar cada experiencia desde su contexto. Partir del reconocimiento de que no todas las personas
experimentan internet de la misma forma cambia por completo la manera en que entendemos los riesgos y las posibilidades del entorno digital. No es lo mismo crecer con acceso a distintos dispositivos y con personas adultas que acompañan el uso de la tecnología, que hacerlo en contextos marcados por múltiples brechas de acceso, desigualdades o ausencia de redes de apoyo.
La perspectiva antropológica permite reconocer estas diferencias sin
simplificarlas y comprender que las experiencias digitales siempre están
atravesadas por factores como el cuerpo, la edad, el género, la clase social y
el territorio.
Néstor García Canclini (2004) advierte que las tecnologías, por sí mismas, no transforman a las sociedades. Sus efectos dependen de las formas en que las personas se apropian de ellas y de las desigualdades que condicionan ese acceso y uso. Pensar internet desde esta perspectiva implica reconocer que no todas las personas participan en igualdad de condiciones en el entorno digital y que las brechas sociales también moldean los riesgos y las formas de ejercer derechos en línea.
Esta perspectiva también ayuda a cuestionar la idea de que la violencia
digital aparece “de la nada”. En realidad, muchas de las agresiones que
ocurren en internet tienen su origen en desigualdades que ya existen fuera
de ella. El machismo, el adultocentrismo, el racismo, el capacitismo o la
discriminación no desaparecen cuando nos conectamos, por el contrario,
suelen reproducirse e incluso amplificarse mediante las tecnologías
digitales. Comprender estas continuidades permite desplazar la idea de que
el problema está únicamente en las plataformas o en los dispositivos y
dirigir la atención hacia las estructuras sociales que posibilitan esas
violencias.
Otra aportación fundamental de la antropología es colocar en el centro la
voz de las personas. En el trabajo con infancias y adolescencias esto significa escuchar sus experiencias antes que hablar por ellas. Implica reconocerlas como sujetas de derechos, capaces de construir conocimientos sobre su propia vida digital y de participar en las decisiones que les afectan. Más que asumir lo que necesitan o cómo viven internet, se trata de generar espacios para comprender sus propias formas de habitar el entorno digital y acompañarlas desde el respeto a su autonomía.
Es justamente ahí donde la antropología y el activismo digital se encuentran de una manera muy poderosa. La antropología nos invita a observar con atención, escuchar activamente, también nos encuentra el activismo digital que entender no es suficiente, también es necesario actuar para transformar las condiciones que generan desigualdad y violencia. Ambas perspectivas coinciden en que las personas deben ocupar el centro de cualquier proceso de cambio y que las soluciones no pueden construirse sin escuchar las experiencias de quienes viven cotidianamente esos problemas.
Trabajar en la prevención de la violencia digital con infancias y
adolescencias me ha enseñado precisamente eso: que internet no es un
territorio ajeno, sino un espacio profundamente humano. Allí se desarrollan vínculos, aprendizajes, emociones y desigualdades que necesitan ser nombradas para poder transformarse. Estoy convencida de que la antropología nos ayuda a mirar aquello que suele pasar desapercibido, a escuchar voces que con frecuencia no son tomadas en cuenta y a imaginar formas más seguras y justas de habitar los espacios digitales.
Referencias:
Geertz, C. (2003). La interpretación de las culturas. Gedisa. (Obra original
publicada en 1973).
García Canclini, N. (2004). Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad. Gedisa.
