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Hablar de amor

Por Paloma Vázquez

En febrero todo se inunda de corazones, citas y regalos. Desde enero los supermercados ya tienen la mercancía lista para el 14 de febrero y en redes sociales ni se diga, frases románticas, flores, globos y chocolates. La narrativa dominante se centra casi exclusivamente en el amor de pareja, en eso que solemos llamar amor romántico, dejando en segundo plano otros vínculos emocionales que también sostienen la vida las amistades, las redes comunitarias, los vínculos con la familia directa y la elegida.

Esto lo escribo desde una pregunta central ¿Cómo podemos hablar de amor? Hace apenas unos días, tras la detención del Mencho, el país se pausó al estilo pandemia, pero con balazos. Calles vacías, mensajes de alerta, miedo circulando en todos lados. ¿Cómo podemos hablar de amor cuando vivimos en el mundo en que estamos? Un mundo donde la violencia se nos pone de frente todos los días, en distintas escalas.

Me encanta el ciberespacio. Me considero fan del internet. Creo en su potencia para conectar, informar, acompañar. Pero también me parece un espacio profundamente contradictorio y mutante. En cuestión de días, a veces de horas, puede pasar de ser un lugar donde todo gira en torno al amor y los regalos a convertirse en un escenario que muestra imágenes postapocalípticas.


La misma red que invita a consumir todo lo relacionado al amor amplificó la incertidumbre colectiva y la desinformación. En medio del miedo comenzaron a circular un sinfín de publicaciones con información que fue difícil verificar en el momento.

La desinformación no solo distorsiona los hechos intensifica el miedo y nos coloca en un estado de alerta permanente.


En contextos así, compartir información sin verificar puede convertirse en una forma involuntaria de violencia expande el pánico. Sin embargo, si entendemos el cuidado como parte del amor, entonces también tendríamos que pensar la responsabilidad informativa como una práctica afectiva, cuidar no difundiendo aquello que puede alarmar, es detenerse antes de reenviar, es asumir que nuestras acciones digitales tienen consecuencias en los cuerpos y en los territorios.


Es evidente que, como casi todo lo que nos rodea y nos genera emociones, el amor ha sido mercantilizado. El 14 de febrero es su día especial. El amor convertido en mercancía mueve miles de millones alrededor del mundo. Se mide en regalos, en publicaciones, en likes y en esa lógica, el amor romántico ocupa el centro del escenario delegando al amor entre amigues, los vínculos de familia tanto directos como elegidos.


bell hooks escribió que “el amor es un acto de voluntad, una intención tanto de extenderse a sí mismo con el propósito de nutrir el propio crecimiento espiritual o el de otra persona”. También insistió en que el amor no es solo sentimiento, sino práctica ética: cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento de otrx.

En contextos de violencia estructural, hablar de amor exige ampliar la conversación, creo que este momento, no podemos pensar el amor como experiencia aislada del entorno, nuestras relaciones no se construyen en el vacío, se instauran en territorios atravesados por el miedo, la violencia y la incertidumbre, monstruos gigantes que parecen indestructibles, que demuestran su capacidad para paralizar nuestros cuerpos y territorios interrumpiendo nuestras vidas.


Si seguimos a bell hooks, amar es un acto que busca el crecimiento y la dignidad de la otra persona. Este ejercicio no puede ignorar las condiciones materiales que atraviesan nuestra vida cotidiana. Tampoco puede ignorar las condiciones digitales, la sobreexposición, la vigilancia constante, la circulación incesante de información que no siempre es cierta. Amar en tiempos de hiperconectividad también implica construir criterios, límites y prácticas conscientes en línea.

En un mundo donde la violencia irrumpe con fuerza y lo que encontramos en internet oscila entre corazones y balazos en cuestión de semanas hablar de amor puede parecer contradictorio. Pero quizá ahí está el desafío, repensar la narrativa que se vende cada febrero, preguntarnos a quien le interesa que entendamos el amor como se vende a través de las expectativas y a las formas en las que se tienen que expresar.


Creo que no tengo una respuesta a la pregunta que me hizo escribir esto, pero a través de estas palabras reconozco que en situaciones como la que enfrentamos hace unos días surgieron actos de amor que ayudaron a mantener la calma y sostener el miedo colectivo, el ciberespacio funcionó como un espacio para procurar al otrx que se encontraba lejos a través de interés genuino de estar presente, y eso no tiene nada que ver con el amor que San Valentín nos vende, tiene que ver con estar al tanto de la vida de lo otrxs y ser responsables también en línea, considerando la potencia de la información en contextos de violencia como en el que nos encontramos en el Bajío.

Cuidar y cuidar-nos en internet es también un acto de amor.