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Esto no es #inspo: la apología digital de los TCA’S sí es violencia

“Entre filtros, likes y retos virales, se nos está olvidando que comer no es un crimen y que nuestra cuerpa es el primer lugar que merece cuidado y amor.”

Por Alin Ramírez


En medio del scroll infinito, entre hashtags como #thinspo o #bodycheck se esconde una forma de violencia silenciosa pero devastadora: la apología digital de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). 

A pesar de los avances en salud mental y la creciente visibilidad de discursos sobre la diversidad corporal, los espacios digitales siguen albergando comunidades, contenidos y algoritmos que romantizan la imagen corporal  disfrazándola de “estilo de vida saludable” o de “motivación”.

Y no, esto no es algo del pasado.

En un contexto hiperdigitalizado donde la imagen personal es el centro de validación, la violencia simbólica contra el cuerpo se convierte en una epidemia silenciosa. 

Las juventudes en México y en muchas partes del mundo crecen entre pantallas. Ahí conversan, se informan, se reinventan… pero también se comparan, se aíslan y muchas veces quedan atrapadades en dinámicas digitales que glorifican la perfección, castigan la diferencia y disfrazan la violencia de autoexigencia o autocuidado.

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) no son un fenómeno nuevo.  En realidad los blogs de Tumblr o los foros de Ana y Mía de los 2000 nunca han desaparecido, hoy siguen mutando y haciéndose virales en plataformas de redes sociodigitales como TikTok, en el mundo de Meta, Pinterest, Youtube, etc., lo cual resulta preocupante, lo que antes eran revistas o programas de televisión que presionaban sobre un ideal, hoy se traduce en feeds repletos de cuerpos editados, frases motivacionales peligrosas y desafíos virales que pueden ser más accesibles.

Lo más grave es que esta apología digital se disfraza de disciplina, autocuidado o aspiración estética, lo que dificulta su identificación y, peor aún, genera complicidad, pertenencia y comunidad en torno a prácticas dañinas.

Como señala Bourdieu (1999), la violencia simbólica opera precisamente así: se instala de manera invisible y se reproduce desde el deseo, desde lo que creemos elegir libremente.

Aunque muchas de estas tendencias vienen de industrias como la moda o el entretenimiento global (incluida la cultura visual japonesa y el K-pop), las redes sociales actúan como amplificadores sin filtros, normalizando prácticas y recomendaciones peligrosas como el ayuno extremo, la purga, el uso de laxantes, carreras de kilos, fórmulas y dietas “mágicas”, retos y desafíos o mediante el ejercicio compulsivo, bajo slogans de “por salud” o “autoamor” que perpetúan estándares inalcanzables asociando la belleza con control, disciplina y sufrimiento.

Así, la belleza se convierte en un castigo. Se asocia con el control, la disciplina y la negación del placer. Pero ¿de verdad hay libertad cuando el algoritmo premia el castigo corporal? ¿Qué pasa cuando disfrazamos la violencia de motivación?

En diferentes tipos de redes abundan frases como “Ana me entiende”, “no comas, eres más fuerte que eso”, “las modelos no comen como tú”, “tú también puedes ser una princesa”, “la comida es como el arte, para mirarla”, “te amo hasta los huesos” o “skip meals, not goals”. Estos contenidos, aunque a veces están escritos con tipografías bonitas o acompañados de cuerpos estéticamente delgados o perfectos, son formas de ciberapología; discursos que promueven o justifican la autolesión, los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA)  y el odio corporal, muchas veces bajo la apariencia de consejos de vida o motivación que mercantiliza nuestras cuerpas y lucra con nuestras inseguridades en donde de pronto alimentarse se vuelve culpa, sentirse bien, un privilegio y verse “bien” no es suficiente.

Hablar de este tema implica incomodar, porque nos atraviesa. Porque hemos crecido viendo cómo la validación externa define cuánto valemos. Porque el estándar hegemónico de belleza no sólo es inalcanzable, sino profundamente excluyente. Como señala Naomi Wolf (1991) en El mito de la belleza, este ideal actúa como un mecanismo de control que desvía nuestra energía hacia el cuerpo, en lugar de permitirnos habitarlo con placer, potencia y autonomía.

Prevenir la apología de los TCA es un acto urgente y colectivo. Implica dejar de seguir cuentas que promueven el sufrimiento disfrazado de disciplina, implica cuestionar los algoritmos y también acompañarnos en nuestros procesos de transformación. Significa entender que la comida no es el enemigo  y que nuestras cuerpas son lugares dignos de habitar.

Esto no es #inspo. Esto es resistencia digital.

A veces, hablar de esto no resuelve todo, pero abre caminos para empezar a sanar.

Tu historia importa. Tus heridas también.

Si alguna vez sentiste que tu cuerpo no encajaba, que tu reflejo era tu enemigo o que en redes todo dolía un poco más, no estás solx.

Si te comparaste tanto que comenzaste a olvidarte, si te perdiste intentando ser otrx, también puedes volver a ti, sin culpa, sin prisa, con ternura.

El algoritmo no dicta tu valor. Los filtros no definen tu belleza. Comer no es un error. Sanar no es lineal, pero es posible.

A veces nos hace falta  un respiro, una mirada suave al espejo y un recordatorio: mereces habitarte con amor.
Y si hoy te cuesta, también vale recordarte que aún puedes volver a abrazarte.

Estamos contigo.