Por Ana Larissa Paisano Amaya
Hay una necesidad de hablar de las experiencias vividas, de las realidades que atraviesan a las facilitadoras de talleres con perspectiva de derechos humanos, género y seguridad digital. Siempre quedan espinitas que nos hicieron ruido luego de terminar la jornada de talleres. Ser mujer negra indígena miskitu y tallerear en tierras mexicanas resignifica mi papel como defensora de DDHH, aportando a una comprensión más amplia y situada de los derechos humanos, la justicia y la sanación. Se formulan los saberes ancestrales, la incidencia comunitaria y el fortalecimiento de redes de cuidado emocional con pertinencia cultural.
Me voy a centrar en las mamás, cuidadoras directas o indirectas, que les cuesta encontrar e identificar los espacios seguros para colocar en voz alta sus dolencias emocionales. Sin duda nos encontramos en un continuum de violencia compuesto por violencias de diferente intensidad que se tejen con la violencia estructural.
Me quedo con los rostros de asombro, felicidad, con los diálogos de miedo y tristezas, con las rabias colocadas en técnicas performativas donde tienen la libertad de preguntar; ¿un taller para mí? ¿no hay diapositivas que leer de cómo ser un buen padre o una buena madre? ¿un taller de expresividad? ¿Qué es eso? ¿cómo se siente mi corazón? ¿cómo se ve mi cielo?. Son interrogantes que evocan reflexión, silencios, ruidos, tristezas entre otros sentires, la intención es dejar de romantizar los procesos de crianza y colocar en diálogo el cansancio, la soledad en la que maternan arrastrado de la pobreza, marginalidad, violencia, la desigualdad para el sector en el que se ubica esta escuela en particular. Escribir para recuperar sus miradas, expresiones y sus respuestas dan paso a todo lo que sus cuerpos han sostenido y resistido entre ellos la violencia crónica. Escuchar a las mamás y cuidadoras cuando hablaron sobre lo violento que son sus parejas, el control que ejercen sobre sus cuerpos hasta el punto de no sentirse totalmente seguras en el espacio de taller al pensar que sus narrativas pueden llegar a oídos de sus parejas e incrementar la violencia en sus hogares. Sin duda el historial de impunidad refuerza que es sistémica y la normativa nacional e internacional, así́ como las políticas públicas derivadas de la misma en materia de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, ha sido insuficiente para disminuir la violencia dentro de los hogares.
Quiero externar mi gratitud a cada mamá, abuela, hermana, tía, cuidadora, docente, que asistió y permitió colocar en voz alta las experiencias en resistencia. Resulta emotivo escuchar estas narrativas en espacios tan reducidos y con el tiempo limitado donde podríamos explayarnos en conocimiento comunitario. Sin duda cierro este año 2025 con el corazón agrandado (metafóricamente hablando) y con el sentimiento de gratitud que invade mi ser, mi alma. Recupero cada taller, cada acompañamiento, cada voz como otras formas de hacer justicia comunitaria.
