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Más allá de las pantallas: Lo que Toy Story 5 nos enseña sobre criar en la era digital

 Alma Celia Galindo Núñez

Habitante de la nostalgia, por haber sido una niña en ese 1995 cuando la primera película de Toy Story se estrenaba en cine, hoy quiero retomar la quinta película para abrir una reflexión sobre varios dilemas que me planteó la película ya no como niña, sino como mamá de una.

Sin dejar aquí ningún spoiler y confirmando que la película me gustó mucho, también me ha dejado varias preguntas que son parte de los argumentos centrales y que desde la publicidad hemos podido ver. ¿Será real que la tecnología viene a desplazar el juego, la convivencia y los encuentros infantiles? ¿Será posible pensar en espacios construidos solo en los entornos digitales, donde ensuciarse, sudar y tener juguetes ya no será posible? ¿Será que los entornos digitales para niños y niñas equivalen a lugares de aislamiento, que se sienten menos cercanos y donde abunda la violencia?

La postura que en el colectivo tenemos aborda estos temas desde los derechos digitales y plantea que las niñas, niños y adolescencias están viviendo nuevas formas de convivencia que se dan en línea. Son interacciones mediadas que no pretenden sustituir las prácticas sociales analógicas. Es decir, cuando vamos a dar talleres y charlas comentamos que ahora tus hijos e hijas conviven no solo en el recreo, en la calle o en los parques, sino que ahora la conversación y el juego también suceden en el chat de un videojuego o en una aplicación de mensajería.

En este contexto, mamás, papás y cuidadores se preguntan: ¿Qué debería preocuparnos del uso de celulares y tabletas? ¿Cómo podemos acompañar estas nuevas interacciones con nuestros hijos e hijas?

Hay padres —y sí, en masculino, porque han sido en su mayoría hombres— que me preguntan: ¿es válido aprender a espiarlos? Otros buscan validar la posibilidad de generar estrategias para entrar en modo incógnito a ese mundo y saber qué hacen ahí. Algunos otros preguntan si no será mejor negar los aparatos y excluirlos para evitar cualquier peligro. Aquí sí les tengo un spoiler: nada de eso importa si no construimos confianza y diálogo.

Lo voy a poner de esta manera:

¿recuerdas cuando llegabas de la escuela, habiendo pasado toda la mañana entre patios, salones, compañeros y maestros? La pregunta al llegar a casa era más o menos así: ¿Cómo te fue? ¿A qué jugaste? ¿Con quién jugaste hoy? Y esas preguntas, más que interrogantes, funcionaban para crear confianza y provenían de la duda auténtica y el interés. Con el uso de la tecnología debería ser igual. Tenemos que pensar en menos espionaje y más apertura, más diálogo. Más autenticidad en el interés no solo del qué hacen, sino con quién, cómo y para qué. Preguntemos: ¿Qué pasó hoy en el chat? ¿Cómo va el juego? ¿Ya subiste de nivel? ¿Alguien nuevo ha sido relevante?

Ver Toy Story 5 me hizo pensar en estos temas porque, aunque el argumento central tiene que ver con la preocupación de los juguetes de Andy por ser sustituidos por las pantallas, su dilema cobra sentido ahora que cada vez más pequeños tienen acceso temprano al uso de tecnología. Resulta curioso en la película que la mamá y papá de Bonnie le regalaron a su hija de 8 años una “LilyPad” pensando que así no estaría excluida de su entorno social. La cuestión es que olvidaron preguntarse primero para qué la necesitaba realmente, y cómo podría beneficiar o perjudicar a su pequeña. En la cinta, fueron los juguetes los que sabían las necesidades de Bonnie.

La importancia y la lección que nos dejan es que es sustancial conocer lo que hacen las pantallas, pero también por qué y para qué queremos hacerlo. Es importante establecer límites, pero al mismo tiempo interesarnos sobre sus prácticas, hablar de sus amistades en línea, de sus sentimientos, platicar para buscar comprenderles. Mientras hagamos eso, ninguna tecnología va a reemplazar a los papás y mamás. La tarea es que tenemos que ser corresponsables, pero basar esa responsabilidad en el amor, el diálogo, la compañía y en las experiencias de las infancias. La tecnología no nos va a suplantar, ni debemos asumir que ya se apropió de las infancias y que no hay vuelta atrás.

Deberíamos preocuparnos menos de la apropiación y más por el encuentro y las formas.

Pensar en una integración de tablet, de smartphone, de computadoras de manera consciente y situada, acorde a las edades y a las necesidades reales. Reconocer el valor que tienen las experiencias de generar vínculos humanos, de comprender las emociones que nacen y se transmiten en los entornos en línea, de adaptar procesos, de generar criterios para enseñar sobre socialización, respeto o resiliencia.

No es tan obvio, pero lo que me llevo de Buzz, Woody, Jessie y los demás juguetes es que deberíamos ser padres, madres y docentes que acompañemos a construir relaciones auténticas con, sin y a pesar de la tecnología.