Por Alin Ramírez
El mes del orgullo en Querétaro terminó, el veto se dio, la ley de identidad no puede avanzar, los discursos de odio siguen en aumento y nosotres seguimos sintiendo rabia.
Una rabia que busca abrir grietas en un Cis-tema sostenido bajo los valores de la “queretaneidad”. La misma que nace del cansancio de tener que explicar, una y otra vez, por qué el derecho a la identidad no debería ser puesto a debate. Que nace del miedo a que defender nuestros derechos signifique convertirse en el blanco de persecución política disfrazada de orden. De saber que para muchas personas trans conseguir un empleo, educación, vivienda o acceder a servicios de salud sigue siendo más una excepción que un derecho. De vivir en un país donde las desigualdades históricas se profundizan haciendo que habitar el propio cuerpo y el nombre se convierta en un acto cotidiano de re-existencia.
Es la rabia de sobrevivir en un país que pareciera si no producimos nos quiere muertxs, de la tristeza de mirar cómo los transfeminicidios continúan arrebatándonos compañeras mientras la búsqueda de justicia jamás termina, de ver un país que se llena de sangre por crímenes de odio, de un estado que en junio celebra el orgullo utilizando el rainbowwashing para limpiar el discurso conservador fascista, pero no, jamás seremos su cuota.
Por eso la iconoclasia realizada en el Palacio de Gobierno no puede entenderse como un hecho aislado ni como el inicio de esta historia. Fue la expresión visible del hartazgo social acumulado. Sin embargo, como es costumbre buena parte de la cobertura mediática optó por privilegiar el morbo antes que el contexto y la criminalización antes que el análisis, creando notas que reprodujeron discursos de odio, amplificaron la confrontación y redujeron una exigencia histórica de derechos a un debate sobre paredes pintadas, ventanas rotas, las formas “correctas” de protestar,la búsqueda de responsables y la criminalización de la protesta.
Pero bueno, las pintas duraron más en las noticias que sobre los muros porque en Querétaro “no pasa nada” y sus fuerzas policiales se encargaron del despliegue. Ojalá esa misma capacidad de reacción existiera para proteger la vida de las personas trans y no binarias, para prevenir los crímenes de odio, atender las amenazas contra personas defensoras de derechos humanos o garantizar condiciones dignas para quienes atraviesan algún tipo de violencia. Resulta indignante saber que el Estado pueda movilizar tantos recursos para proteger edificios y tan pocos para proteger nuestras vidas.
Sin embargo, hubo algo que por desgracia no desapareció: Los discursos de odio.
Estos siguieron circulando por las redes sociales, en las cajas de comentarios, en los medios de comunicación, en los espacios institucionales y en las conversaciones cotidianas. Porque las pintas pudieron borrarse, pero la decisión y el discurso trans odiante del gobernador no. Sus consecuencias tampoco.
Las palabras dichas desde el poder no se quedan en el poder.
Y no, no es un hecho aislado. Se relaciona con el avance de la ultraderecha en el mundo, en nuestra rota y amada Abya Yala, retrocediendo en el avance de los derechos humanos conquistados trás décadas de lucha., encontrando formas para alimentar el miedo, fabricar pánicos morales,convenciendo a la sociedad de que para reconocer derechos para unas personas significa perderlos para otras y con todo esto., lo preocupante es que en Querétaro esa narrativa encontró más fuerza.
Cuando un discurso antiderechos es pronunciado desde esta posición legitimado por la cobertura mediática y amplificado por las plataformas digitales, deja de ser una simple opinión y las palabras producen realidades.
El “veto” anunciado por el gobernador Mauricio Kuri fue un acto con fines electorales (un gran anzuelo para recuperar la confianza de los valores tradicionales de sus votantes bajo la supuesta defensa de las infancias y de la familia frente una amenaza inexistente) que fortaleció un discurso anti derechos que históricamente ha sido utilizado para negar la existencia de las personas trans y no binarias colocándoles como un riesgo antes que como personas sujetas de derechos y hasta hoy en día sigue reproduciendo narrativas hostiles.
Rita Segato explica en Pedagogías de la crueldad que el poder también educa. Tiene una función pedagógica: enseña cómo mirar a ciertas personas, quién puede convertirse en un enemigo, qué vidas son consideradas legítimas y cuáles pueden ser cuestionadas, vigiladas o expulsadas de la esfera de lo humano. Por eso los discursos desde el poder nunca se quedan en el poder. Viajan por la red y encuentran en internet el escenario perfecto para ser el caldo de cultivo perfecto para otras formas de violencia en razón de género.
Si bien, las plataformas no inventaron la transfobia o la lgbtfobia, han hecho posible que los mensajes viajen con una velocidad y un alcance exponencial, el tecnocapitalismo encontró en ello un negocio rentable aprovechando la economía de la atención en donde cada clic se convierte en mercancía, la indignación, el miedo y el odio generan interacción y todavía queda sumarle el anonimato, las cuentas falsas, las campañas coordinadas de hostigamiento, la desinformación organizada y la posibilidad de replicar un mismo mensaje miles de veces en cuestión de minutos, fabricando una falsa sensación de consenso. En este caso, al comenzar a cuestionar la existencia y el derecho a la identidad, el riesgo deja de ser simbólico. Se traduce en amenazas, campañas de odio, acoso, censura, aislamiento y en un incremento real de la violencia que no solo se queda en las pantallas, termina por invadir las escuelas, las calles, las familias y los espacios de trabajo.
Por eso esta también es una conversación sobre derechos digitales, ya que esto implica el derecho a habitar internet sin miedo, a construir comunidad, a participar en la conversación pública y a ejercer la libertad de expresión sin que nuestra identidad se convierta en el combustible de campañas coordinadas de odio.
Frente a quienes apuestan por el miedo y el odio, elegimos el encuentro y el cuidado. Podrán intentar negarnos el acceso a nuestros derechos, pero nunca la fuerza que hay en la historia y la que estamos construyendo.
