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El territorio de los recuerdos: historias de mujeres y resistencia

Por: Ana Larissa Paisano Amaya

Entre tanto por hacer, me di un espacio para ir al supermercado. Compré unos mangos —caros, como se paga todo lo que antes fue abundancia—. Me hizo recordar la cosecha de mangos en mi pueblo natal, en ese tiempo en el que bastaba esperar a que cayeran al suelo para salir corriendo a recogerlos. Era una disputa alegre entre cuerpos de niñas: mis hermanas, mis sobrinas y yo. La más veloz se lo quedaba. Más de una vez hice trampa. También ahí aprendíamos, sin saberlo, las primeras formas de competencia, de sobrevivencia. Recuerdo también cuando una de mis hermanas me compró un cofre de Barbie rosa. Lo amé y cuidé porque me hacía pensar en el sacrificio que ella hizo para comprarlo y hacerlo llegar hasta nuestro pueblo. O aquellas veces que corría al cerco de Doña Auxiliadora para tomar flores, que usaba en mis juegos de cocinita.

Aprender a andar en bicicleta no fue un recuerdo heroico. Tomé una bicicleta ajena sin consentimiento, caí una y otra vez, dañé la canasta y, aun así, negué todo con una seguridad que ahora me resulta incómoda. Perdón, Marcia. Tenía trece años, era una niña, pero ya estaba aprendiendo —sin saberlo— las pequeñas estrategias de evasión, de ocultamiento, de supervivencia cotidiana. Como señala Judith Butler (2007), el sujeto no preexiste a las normas sociales, sino que se constituye en relación con ellas. En este sentido, incluso las pequeñas acciones cotidianas están mediadas por estructuras normativas que delimitan lo permitido, lo sancionable y lo decible.

Pienso en Ana Miller, amiga de infancia, con su cabello largo y mejillas rosadas, corriendo hacia la escuela. Hoy es mamá y una excelente profesional que hace pasteles deliciosos. Mitchelle Eude, a quien de cariño llamo bruja, vive en el norte de América y se ha reconstruido una y otra vez entre la soledad y la compañía. Recuerdo la vez que me operaron y reí durante la recuperación, hasta olvidar el momento en que el médico me dijo que casi muero en quirófano. Recuerdo a mi hermana Gloria Paisano cuidándome y riendo nerviosas juntas. La risa siempre ha sido para mí una forma de sobrellevar la tensión y el estrés.

Fabiola Peralta me habló una vez sobre la lealtad; fue confuso, pero entendí que no a todas las personas se les puede llamar amigas, sobre todo cuando rompemos el pacto de confidencialidad. Esa reflexión me enseñó lo complejo de sostener la lealtad en las redes de amigas. Aprendí también que a veces dejar de ser amiga duele, que romper vínculos es una forma de cuidarse a una misma.

Las memorias que atesoro me atraviesan como olas.

El embarazo de mi hermana y su llanto silencioso. Verla llorar sin decir nada resultó confuso para mí. No imagino lo duro que fue para ella ese momento. No había palabras, pero el cuerpo hablaba: ese dolor que no encontraba lugar en la conversación familiar. La maternidad, lejos de ser una experiencia homogénea o naturalmente gozosa, está atravesada por condiciones materiales, emocionales y sociales que rara vez se nombran en su complejidad. A las mujeres se nos enseña a maternar desde el sacrificio, pero pocas veces se nos permite habitar el miedo, la incertidumbre o el duelo por la vida que cambia. Verla llorar sin decir nada me desconcertó. Hoy entiendo que ese silencio también era una forma de resistencia ante un mandato que no admite fisuras.

Recuerdo cuando Karen Tosta anunció que estaba embarazada y cómo corrí a contarle a todas, como si la maternidad siempre fuera motivo de celebración colectiva, sin preguntarnos por los miedos o las condiciones que la rodean. Recuerdo la emoción colectiva que oscureció momentáneamente esas preguntas incómodas: ¿en qué condiciones se materna? ¿Qué cuerpos sostienen esa vida? ¿quién carga con el costo?. También recuerdo acompañar a Fátima Alonso al hospital, riéndome de nervios, porque a veces el cuerpo no sabe cómo sostener lo que duele. Ese acompañamiento al hospital por temas de su rodilla me hizo recordar la primera vez que acompañé el ejercicio del derecho a decidir. El temblor en el cuerpo, el peso del silencio social, la certeza de que estábamos desafiando un mandato. 

Recuerdo la alegría de ser becada para estudiar mi pregrado y, junto a ella, la violencia de escuchar “esa miskita no sabe nada,” una frase cargada de racismo que atraviesa espacios educativos. Recuerdo cómo el silencio se impone para sobrevivir y cómo hablar tiene un costo. Recuerdo mi cuerpo atravesado por la vergüenza, el miedo y la rabia; emociones socialmente reguladas que disciplinan la manera en que habitamos el mundo. En la escuela de Psicología, enfrenté violencia institucional cuando retuvieron mi proceso de graduación porque denuncié el acoso de un compañero. Recuerdo la rabia que brota en los procesos de denuncia, cuando el sistema reproduce lógicas patriarcales, racistas y clasistas. Recuerdo la vez que mi vecina Claudia Sierra me esperó a que llegara de la universidad para ofrecerme un plato de comida; ella no lo sabía, pero fue mi primer alimento en todo el día. Gracias Clau porque sin saberlo me quitó el hambre del día. 

Recuerdo la vez que escuché la narrativa de Flor, una mujer miskitu que me hablaba sobre cómo el diablo habitaba en su cuerpo,  terminó siendo un daño en su lóbulo frontal producto de la violencia doméstica. Recuerdo la vez que lloré luego de terminar mi primera sesión de terapia; pensé: esta profesión no es para mí. Recuerdo la sazón de mi amiga Alejandra García y su corazón bondadoso al compartir sus alimentos, no solo conmigo, sino también con mi madre, a quien no había visto disfrutar tanto un plato de comida. Recuerdo la finca de la familia de Lidia Serrano y lo bien que me sentí ahí, junto a su mamá y un plato caliente de sopa. Los platos de comida se vuelven significativos en los procesos de cuidado y sostenimiento. 

Escucho la lluvia caer en una ciudad que aún no siento mía. Me recuerda a esos días en que mi mamá pedía que le sacaran todos los ingredientes para preparar tortillas de harina y acompañarlas con un cafecito de bolsa, bastante amargo, que no te los pasabas si no era con suficiente azúcar. 

Recuerdo su risa cuando, por un momento, se permitió desobedecer, beber, llorar, hablar sin contención. Pienso en las múltiples formas en que las mujeres gestionan el dolor en contextos donde no hay espacio para nombrarlo. Pienso en cuántas tristezas tuvo que callar para sostenerlo todo. Cuando mi madre falleció, viajé miles de kilómetros para estar en su velorio desde San Luis Potosí, México, hasta Puerto Lempira, Honduras, una gran distancia. Llegué al velorio de mi mamá y pude ver a las mujeres de la Red MIMNPAW, mujeres sobrevivientes de violencias, mujeres que acompaño desde mi profesión como psicóloga, estaban  ahí juntas organizándose, arreglando, moviendo cosas, cocinando, llorando, compartiendo un dolor ajeno que sentí tan de ellas como mío. Ese acompañamiento fue un acto político y humano que me hizo sentir digna en medio de la desesperanza. Las redes de mujeres que me sostienen emergen cuando todo se rompe, práctica viva frente al abandono estructural. Recuerdo también a Jury Zelaya, que no asistió porque no sabía cómo actuar, pero yo la sentí cerca.

Enterrar a mi madre fue confrontar violencias familiares. Como dice Lorena Cabnal (2016), “el cuerpo es territorio donde se libra la lucha”.  

El día que enterré a mi madre recuerdo confrontar la violencia dentro de mi propia familia. Poner el cuerpo, literalmente. Porque hay violencias que no se pueden teorizar desde lejos: se encarnan, se enfrentan, se sobreviven. Recuerdo la vez que confronté al esposo violentador de mi tía, coloqué mi cuerpo y me fui a los golpes así como lo hice con un tío, cansada de sus discursos violentos. 

Recuerdo la primera vez que conocí la casa de mi amiga Angelica Landa; me invitó a tomar café a las 7 am, acompañada de risas y ricas quesadillas. Recuerdo la vez que me sentí sumergida en una depresión y mis amigas me dijeron: si quieres, vemos opciones de psiquiatras. Recuerdo la vez que Doña Gloria Sánchez me acompañó a mi nuevo colegio porque yo era nueva en la ciudad de León, Nicaragua. 

También recuerdo la vez que me hice amiga de Karen López, y 21 años después aquí seguimos. Recuerdo la vez que asistí a la boda de mi amiga Paola Cortez. Fue lindo verla de blanco cumpliendo uno de sus sueños. Esa vez mis amigas me prestaron un vestido y me maquillaron; fue un momento de complicidad y cuidado colectivo. Recuerdo la vez que bailé con las hermanas Bonilla: “En la pared este baile me da sed”. Recuerdo la vez que Verónica Romero me confió a su perrita y yo sentí una enorme responsabilidad. Recuerdo la vez que me embriagué con mis amigas en la ciudad de Tela y pude ver un hermoso amanecer. Recuerdo la vez que mi amiga Rosa Echeverria me pidió ser cómplice en una travesura.

Es increíble la recuperación de memorias que he hecho en una sola noche de lluvia acompañada de un mango verde con sal.

También recuerdo la vez que anduve en bicicleta con Yesly González. Íbamos muertas de risa, aunque el cuerpo nos pasaba factura: el agua de coco nos había caído mal y aún faltaban veinte kilómetros para llegar. Entre el malestar y la risa, aprendimos que en medio del malestar el cuerpo protesta. Aprender que el cuerpo no es una máquina obediente, sino un territorio vivo que se equivoca, se desborda y, aun así, insiste.

Recuerdo la vez que Madelin Salgado se cayó en un campamento. Todo fue tan rápido que apenas pude reaccionar; solo sé que corrí tras ella, con el corazón acelerado y las manos temblorosas, como si en ese gesto urgente pudiera sostenerla, como si el cuidado también fuera una forma de presencia. Recuerdo cuando Esther Hernández estaba aprendiendo a conducir y me pidió que la acompañara. Yo acepté, aunque por dentro no dejaba de encomendarme a Diosito, repetía en silencio una plegaria torpe. Entre el miedo y la confianza avanzábamos, como se avanza tantas veces: sin certezas, pero juntas.

Esos recuerdos no son solo anécdotas; son formas de relación, de cuidado, miedo compartido.

Hay una pedagogía del cuerpo que no se aprende en libros, pero marca cómo habitamos el mundo. En ese territorio, el acompañamiento es un sostén vital. Como propone Lorena Cabnal, el cuerpo es territorio: un espacio donde se inscriben violencias, pero también donde se gestan resistencias. Y en ese territorio, el acompañamiento no es menor; es una forma de sostener la vida.

Recuerdo el reciente asalto a inicios de enero, donde Isela me auxilió y me sentí a salvo. Recuerdo la vez que acepté la invitación a la casa de Adriana y compartí pláticas profundas con su madre a las 8 de la mañana, mientras yo lavaba los platos y ella picaba cebolla en la sala del comedor. El apoyo de Allison en mi mudanza, el consuelo inesperado de Yanina, una desconocida que me dijo: “No estás sola”, cuando lloraba en Tegucigalpa.

Las amistades en Ciudad Juárez y Ciudad de México, que me recibieron como familia. Recuerdo cuando Alexandra, a quien conocí en Ciudad Juárez, me confió su amistad y nos cuidamos entre sí hasta el punto de recibirme en el aeropuerto de Ciudad de México con un cartel de feliz cumpleaños. Igual Ianina, también de Ciudad de México, a quien conocí en un diplomado y nos hicimos amigas, hasta el punto de recibirme en su casa y compartir un plato de comida caliente.

Y en medio de todo, sigo recordando. Porque recordar es político. Porque mi memoria no es solo mía: es colectiva, es histórica, es encarnada. Porque en cada recuerdo habita una forma de resistir. Recuerdo y al recordar, me nombro; al nombrarme, resisto. Porque en la memoria también se juega la posibilidad de otras formas de hacer justicia, una justicia espiritual. 

Finalmente, la memoria emerge como un eje central de análisis contextual, vivencias. Recordar es una práctica política que permite cuestionar las narrativas dominantes y visibilizar experiencias históricamente silenciadas. En palabras de Segato (2016), desarmar los “mandatos” implica también desarticular los relatos que los sostienen. 

Así, la evocación de estas escenas cotidianas no solo recupera vivencias personales, sino que contribuye a una lectura crítica de las estructuras que configuran la experiencia de las mujeres.