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Piernas adoloridas: crónica íntima de una primera marcha

Por Ana Larissa Paisano Amaya

Hay preguntas que no se responden con la cabeza, sino con el cuerpo:
 ¿Dónde sentí la fuerza para seguir caminando?
 ¿En qué parte de mí se alojó la memoria?

Dejo estas preguntas abiertas, como una invitación a habitar el cuerpo después del 8 de marzo.

El 8 de marzo marché por primera vez en la Ciudad de México. Y, aunque han pasado los días, mi cuerpo sigue ahí. Lo sé por el dolor en las piernas. Por el cansancio que no es solo físico. Por esa sensación que aparece cuando algo se mueve profundo y ya no vuelve a su lugar, al menos no con rapidez.

Marché durante tres horas junto a mi amiga y su hermana, pero en realidad no iba sola. Nunca lo estuve. Íbamos miles. Mujeres, niñas, cuerpas diversas. Algunas riendo, otras en silencio, muchas gritando. Todas sostenían algo, avanzaban juntas, cargando historias visibles e invisibles.

Hoy, escribo mientras suena Alabao, de Elena Hinestroza. Hay algo en esas voces —en esas cantoras— que transforma el dolor en memoria compartida. Y así se sintió la marcha: un tejido de memorias que se activan, que arden, que no se olvidan.

Yo también.

Mientras avanzábamos, entre consignas y brincos, algo se abrió en mí. Sin previo aviso, recordé a una familiar menor de edad que vivió una situación traumática de violencia. El cuerpo no olvida. La rabia, la tristeza y la indignación volvieron a instalarse en mí, sin pedir permiso. Recordé la incredulidad, el silencio que la rodeó, la ausencia de justicia. Y entonces lo sentí: la rabia subiendo desde el estómago, la tristeza instalándose en el pecho.

El cuerpo no olvida. Solo espera el momento para hablar.

Fue ahí cuando la vi.

A un costado de la marcha, una chica sostenía un cartel que decía:
 “Yo sí te creo”.

Sentí un nudo en la garganta de esos que no se disuelven fácil. No pude seguir como si nada y ya no pude sostener nada más. Lloré. Lloré por ella, por mi familiar, por todas. Lloré por las historias que me han confiado, por las historias que he escuchado, acompañado, sostenido. Lloré por mi mamá, por mi abuela, por mis hermanas, por mis sobrinas, por mis amigas. Lloré porque el cuerpo también necesita decir lo que la voz no alcanza. Lloré porque había demasiado adentro.

Soy de Honduras, de un pueblo en el departamento de Gracias a Dios. Soy mujer negra indígena miskitu. Y nunca imaginé que mi cuerpo estaría ahí, caminando por Reforma, gritando consignas a todo pulmón, sintiendo que ese espacio también me pertenecía. Sintiendo cómo el cuerpo se vuelve territorio político.

“¡El que no brinca es macho!”
 “¡Verga voladora a la licuadora!”

Brincábamos, reíamos, nos mirábamos. Había complicidad. Había fuerza. Pero también cansancio. Hubo momentos de silencio, de preguntas que solo se escuchan por dentro, preguntas que se movían bajito en el pecho. Brincar también fue resistir. Reír también fue sostenernos.

Pero no todo fue fuerza. Hubo cansancio. Hubo un momento en que reconocimos el límite del cuerpo y decidimos retirarnos, frente a Bellas Artes. Respiramos, bajamos el ritmo y,  como tantas veces, busqué en mi celular una forma de capturar lo vivido. Pero la aplicación no registró nada. Ni un solo paso, ni un solo km. Pensé: “¿y ahora qué voy a publicar?”.

Me enojé.

Pensé en todo lo que no podría mostrar, en la ausencia de prueba. Y entonces me escuché. Me di cuenta de lo automático, de lo aprendido: esa necesidad de registrar para validar.Y en ese instante, algo hizo clic.

¿Cuántas veces habitamos los momentos pensando en cómo mostrarlos? ¿Cuántas veces dejamos que las redes sociales nos consuman al punto de olvidar que hay experiencias que no necesitan prueba, ni registro, ni validación?

Mi cuerpo sabía la verdad. Había caminado. Había sentido. Había llorado.

Caminé tres horas. Mi cuerpo lo sabe. Mis piernas lo gritan. Mi memoria lo guarda. No todo necesita ser publicado para ser real. No todo necesita ser publicado para existir.

Más tarde, después de unos taquitos, escribí a mis amigas —esas con las que llevo diez años sosteniendo la vida, diez años de no soltarnos:

[5:35 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Oigan les quiero chismear que estoy llegando de la marcha

[5:35 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Es mi primera vez marchando en cdmx

[5:36 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Hubo un momento donde guardé silencio y me permití sentir muchas cosas

[5:37 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Quiero agradecerles por dejarme acompañarles,  escucharles, sostenerles y amarles desde mis posibilidades. También, quiero que tengan presente que aquí estaré para seguirnos cuestionando

[5:38 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Si sienten que algo en sus relaciones de pareja, amistad, familia no les cuadra, podemos dialogarlo y reflexionar juntas desde la ternura

[5:38 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Por fa no se guarden nada

[5:38 p.m., 8/3/2026] 💜💚: Les amo bonito

Hoy, al cerrar este texto, vuelvo a esa imagen:

El cartel.
La frase.
La certeza.

“Yo sí te creo”.

Y lo repito, como consigna íntima y colectiva:

Yo sí te creo, amiga.
  Yo sí te creo, sobrina.
  Yo sí te creo, tía, vecina, colega, conocida.

Yo sí te creo. Yo sí te creo.

Y lo repito en voz baja, como quien nombra algo sagrado:

Te creo.
Aunque tiemble tu voz y la mía.
Aunque el mundo dude.

Te creo porque yo también he sentido en el cuerpo lo que cuesta ser escuchada.

Y porque, al final, quizás marchamos para eso:

para no volver a estar solas. También marchamos desde los vínculos que nos cuidan, desde las palabras que nos sostienen cuando el mundo pesa demasiado.