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No, ustedes no son el futuro


Por Itzel Lozada


Qué valiosos los espacios dirigidos a niñas, niños y adolescentes, que se construyen desde la diversidad de voces. Nos permiten descentralizar la mirada adultocéntrica y dejar de decirles que son el futuro.

No, ustedes no son el futuro.

Ustedes ya están aquí, habitando, cuestionando y confrontando el mundo con una agencia que —lo digo de verdad— a mí me sigue conmoviendo.

Y desde ese lugar hay una frase de Mafalda que me resuena mucho:

“¿Y si en vez de planear tanto el futuro, nos tomáramos en serio el presente?”

Porque incluso cuando les hablamos a las infancias y adolescencias, lo seguimos haciendo sin incorporar realmente lo que niñas, niños y adolescentes ya están viviendo.

Y eso atraviesa directamente el tema voy a abordad: prevención, detección y acompañamiento.

No como etapas separadas, ni como una ruta lineal.

Cuando hablamos de prevención, muchas veces pensamos en advertencias o en control. En decir qué sí y qué no hacer.

Pero esa idea se queda corta.

Uno de los mitos más extendidos es pensar que basta con informar, con advertir los riesgos, como si decir “ten cuidado” fuera suficiente para evitar la violencia.

La violencia digital no aparece como algo evidente desde el inicio. Suele entrelazarse con otras violencias y afecta la dignidad, la seguridad y el bienestar emocional de niñas, niños y adolescentes.

Por eso, la prevención no puede limitarse a la información.

Prevenir es un proceso sostenido de acompañamiento.

Es propiciar que niñas, niños y adolescentes desarrollen pensamiento crítico digital: la capacidad de analizar lo que circula en línea, cuestionar contenidos, identificar información falsa en esta caja de resonancia que son las redes sociales, en las cuales encontramos información que confirma nuestras propias creencias, amplifica opiniones existentes dentro de esa misma caja y, por ende, limita la diversidad de puntos de vista.

Por ello, este pensamento crítico implica reflexionar sobre las intenciones detrás de los mensajes, los discursos que circulan, las dinámicas de poder, y entender que lo que sucede en lo digital tiene impacto en la vida real.

En ese sentido, hablar de ciudadanía digital es hablar del ejercicio de derechos en entornos digitales: privacidad, libertad de expresión, acceso a la información, protección de datos, seguridad y participación.

Desde ahí, la prevención deja de ser control y se convierte en acompañamiento: sostener, orientar, escuchar y ayudar a comprender, no imponer.

Y también implica revisar cómo intervenimos como personas adultas.

Porque muchas veces, en nombre de la protección, lo que hacemos es corregir, minimizar o reinterpretar lo que niñas y adolescentes están diciendo.

Y ahí se reproduce una lógica adultocéntrica que termina cerrando la posibilidad de diálogo.

Lo digo también desde un lugar situado.

Soy mamá de un adolescente.

Y eso implica estar constantemente frente a cuestionamientos, a incomodidades, a momentos en los que una no tiene respuestas claras.

Implica también reconocer que, incluso con herramientas, hay momentos en los que reaccionamos desde el miedo o desde la necesidad de controlar.

Y ahí es donde se vuelve evidente que esto no va de hacerlo perfecto, sino de sostener la escucha incluso cuando es incómoda.

En ese contexto, la detección no puede pensarse como la identificación de hechos claros y ordenados.

Porque en la práctica, lo que aparece son silencios, contradicciones, relatos fragmentados, cambios sutiles.

Y aquí hay otro mito importante:

pensar que para detectar violencia necesitamos una historia clara, coherente y completa.

Si esperamos certezas absolutas, muchas veces llegamos tarde.

Detectar no es confirmar.

Es no desestimar aquello que no está completamente dicho. Es no exigir narrativas perfectas.

Y aquí es donde las redes se vuelven fundamentales.

Pero no como estructuras formales, sino como vínculos reales.

Una red es la posibilidad de no estar sola cuando algo pasa.

Y muchas veces, la primera red de apoyo no es una institución.

Es una amiga.

Alguien con quien se puede hablar sin miedo a ser juzgada.

Y eso no es menor, porque implica que el acompañamiento muchas veces empieza fuera de lo institucional.

Desde el trabajo desarrollado en Cultivando Género —por ejemplo en la guía “En la red no navegas sola”, y en otros materiales dirigidos a madres, padres y docentes— hay algo muy claro:

No se parte de lo que deberían hacer las adolescentes. Se parte de lo que ya están haciendo.

De cómo se acompañan, de cómo se sostienen, de cómo construyen redes entre ellas.

Y eso es profundamente potente, porque reconoce su agencia no como discurso, sino como herramienta real.

También estos materiales muestran algo clave:

Que frente a la violencia, lo primero que aparece no es claridad, sino miedo, culpa, vergüenza y silencio.

Y por eso, lo primero que se necesita no es una solución.

Y aquí entramos al acompañamiento.

Porque detectar algo no significa que automáticamente se esté protegiendo.

Para proteger es importante considerar las decisiones que se toman a partir de ahí.

Porque esas decisiones se toman en condiciones reales: con miedo, con presión, con confusión.

Por eso, acompañar no es dar instrucciones.

Es sostener procesos.

Acompañar implica escucha activa, validación, decir “te creo”, “gracias por confiar”, sin minimizar ni culpabilizar.

Y acompañar también implica acciones concretas, especialmente en los primeros momentos.

Las decisiones digitales en la adolescencia están atravesadas por emociones, presión de pares, deseo de pertenencia, impulsividad y exploración identitaria.

Quien acompaña —una amiga, una persona adulta de confianza, una docente— puede ayudar a que la situacion no escale y a recibir y sostener las emociones  de otra persona sin intentar resolver de inmediato la situación. Se trata de crear un espacio seguro para que la persona pueda expresarse, calmarse y, posteriormente, buscar soluciones.

Para las personas cuidadoras, también puede ser útil llevar un registro o una bitácora: anotar lo que ocurre, lo que se dice, cambios de comportamiento. No para vigilar, sino para entender y poder tomar decisiones informadas.

Y aquí es donde entra el acompañamiento jurídico.

Todo este enfoque se sostiene en una idea central: las adolescencias tienen derecho a la privacidad, a la seguridad y a una vida libre de violencia también en internet. Educar desde el pensamiento crítico no busca prohibir ni generar miedo, sino acompañar, fortalecer la autonomía y crear espacios donde pedir ayuda sea posible, seguro y respetado.

Y ahí sí quiero ser muy clara: el derecho no es neutro.

Puede proteger, pero también puede exponer o incluso agravar una situación si se activa sin cuidado.

Por eso, el acompañamiento jurídico no puede reducirse a explicar opciones o activar rutas de manera automática.

Implica leer el contexto, entender las redes que ya existen, valorar los tiempos, los riesgos y los impactos de cada decisión.

Implica también traducir el derecho a algo comprensible, accesible y situado.

Y, sobre todo, implica tomar decisiones que no rompan los vínculos que ya están sosteniendo a esa niña o adolescente.

Porque una intervención jurídica mal planteada puede aislar en lugar de proteger.

Y si, a partir de todo este proceso de acompañamiento, con información y decisiones tomadas, se decide iniciar un proceso penal, el acompañamiento jurídico debe sostener exactamente estos mismos principios.

Implica explicar con claridad cada etapa, qué hace cada institución y qué se puede esperar.

Implica acompañar sin imponer, sin forzar narrativas, sin revictimizar.

Implica dar seguimiento y no dejar sola a la persona en el proceso.

Y, sobre todo, implica mantener algo fundamental:

que incluso dentro del sistema jurídico, la NNA sigue estando en el centro de las decisiones.

Todo lo que he mencionado —prevención, detección, redes, acompañamiento— no son conceptos abstractos.

Son prácticas que tienen efectos reales en la vida de niñas, niños y adolescentes.

Y estas reflexiones están retomadas desde el marco teórico de Cultivando Género, cuyos materiales son consultables y que parten de algo fundamental:

La experiencia situada de las propias adolescentes.

Porque al final, más allá de las rutas, de las instituciones o del derecho,

lo que está en juego es algo mucho más básico:

que ninguna niña o adolescente tenga que atravesar una situación de violencia en soledad.