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Bailar en calzones: una forma de dignidad

Por Ana Larissa Paisano Amaya

Hoy, muy temprano, mientras estaba en casa, descalza y en calzones, decidí poner una rolita (canción).
 Y pasó lo inevitable: comencé a bailar como desquiciada.

Salté con los ojos cerrados, reí sin contener mi carcajada —de esa que quienes me conocen reconocen de inmediato—, esa risa que sale desde lo más profundo. Reír con toda la intensidad del ser.
  ¿Alguna vez lo han intentado?

Del cansancio a la conciencia

Colaboro en una Asociación Civil que trabaja por una cultura de paz con niñas, niños, adolescentes y mujeres. Lo hacemos a través de distintos ejes: derechos digitales, derecho al cuidado como derecho humano, y la prevención del acoso y hostigamiento sexual en espacios escolares y laborales.

Se hacen cosas lindas. O como dicen acá en México: cosas chidas.

Este año retomamos la agenda de talleres y charlas. Con ello, vino también la tarea de gestionar espacios con instituciones educativas públicas: visitas, reuniones, solicitudes, seguimiento. La intención es clara: generar diálogo con infancias, adolescencias, familias y personal docente sobre el mundo digital, el derecho a la conexión y los cuidados frente a la violencia digital.

Pero el proceso ha sido agotador.

Reuniones pospuestas, eventos cancelados sin previo aviso y el ya conocido “dejar en visto”. Un ghosteo institucional que muchas personas conocen bien.
 Se siente feo, ¿verdad?

En lo personal, me atraviesa la rabia y la impotencia. Todo se acumula en el cuerpo, en las vísceras. Y entonces, frente a ese desgaste, decidí hacer algo distinto: cuidar lo que siento.

El cuerpo como territorio de resistencia

Madrugué para bailar.

Para cantar, saltar, cerrar los ojos y habitar cada movimiento. Sentir cada latido, cada gota de sudor recorriendo el cuerpo. Hacer consciente lo que muchas veces pasa desapercibido.

Porque, a veces, generar bienestar inmediato también es una forma de resistencia.

En medio de ese momento, hice un pequeño viaje mental: me vi a mí misma —segura, firme— preparándome para los próximos talleres. Sentí una energía recorrerme desde las piernas hasta los ojos. Fue tan potente que me llevó directo a escribir.

Hacía días que no sentía algo así.

Nombrar la locura

También recordé a mi madre.

Desde la ventana de su cuarto, que daba al patio trasero, me gritaba:
 “Hija, vos estás loca, ¿verdad?”

Y sí. Siempre lo dijo.

Mi madre veía en mí una libertad que ella no me enseñó. No porque no quisiera, sino porque no supo cómo. Hoy entiendo que, probablemente, me veía vivir como a ella le hubiera gustado: sin miedo, sin tabúes, sin prejuicios, yendo a contracorriente de lo socialmente esperado.

Entonces me pregunto:
 ¿Alguna vez te han dicho que estás loca?

Porque tal vez, en algunos casos, “loca” no es un insulto.
 Tal vez es otra forma —torpe, imperfecta, pero honesta— de decir: me gusta cómo eres.

La locura que sostiene

Hoy lo digo con certeza: sí, estoy loca.

Pero es una locura que se disfruta.
  Una locura que me permite avanzar.
  Que me deja bailar, gritar, cantar, llorar, saltar.

Una locura que me recuerda por qué hago lo que hago.
  Que le da sentido a mi trabajo con las poblaciones que acompaño.
  Que transforma la rabia en dignidad.

Esa misma locura que me hará volver a tocar puertas, retomar conversaciones y buscar ese “sí” en las instituciones.
  Esa misma locura que insiste.

Una invitación final

Usted, que me lee:

No olvide darse el espacio, de vez en cuando, para bailar en calzones.

Puede parecer mínimo.
 Pero a veces, ahí —en lo íntimo, en lo libre, en lo aparentemente absurdo— también se construye resistencia.

Y se siente increíble.